Detrás del Portón Verde

Por Hagalaz

Hace varios años que Gustavo no visitaba Concepción. Llegó al Collao un día un poco más caluroso de lo normal. Tomó una mini Hualpencillo y trazó rumbo hacia un viejo y conocido lugar, aquél que siempre era su primera y última parada al visitar la ciudad. 

Al llegar a destino alzó la vista y notó que el Portón Verde que buscaba ya no estaba. Se preguntó bastante desanimado qué habría pasado. Buscó un kiosco, compró La Estrella y llamó en búsqueda del consuelo que su alma pedía. Para su agrado, habían armado otra casa, más chica y por lo que decían, también menos interesante. 

Al llegar, entró a la pieza que le habían comentado por teléfono, le esperaba una chica no muy agraciada, pero aún así atractiva. Acordaron el servicio y comenzaron, lo que le faltaba de gracia, la muchacha lo tenía en talento. Cuando hubieron acabado, Gustavo le preguntó si sabía que había pasado con el Portón, la mujer le observó esbozando una sonrisa

—¿En serio no sabí?

—No, hace años que no vengo —contestó con su curiosidad aumentando. 

—Entonces quizás deberías ir pa’ que te cuenten. ¿Tení tiempo? Puedo llamar pa’ que te reciban —dijo, terminando de vestirse.

—¿Y pa’ qué voy a querer ir? Quería saber qué había pasado no más.

—Reciben bien a los viejos clientes, anda a que te regaloneen un poquito —contestó con una voz coqueta, a la que Gustavo no opuso resistencia.  

Sin pensarlo mucho, caminó hacia dónde le indicó la muchacha. En la puerta del lugar le esperaban dos guapas mujeres de una belleza muy por encima de la usual en el Portón. Le invitaron a pasar a una casona que le recordó al viejo portón, solo parecía estar inusitadamente frío dentro. 

Las muchachas que le recibieron le indicaron una habitación, Gustavo entró y le esperaba allí una mujer de curvas prominentes, labios carnosos y mirada penetrante, quién no esperó a tomar ningún acuerdo para ponerse muy cerca del cliente y comenzar su labor, él, honestamente, tampoco se resistió. 

—Me comentaron que antes venías al portón —dijo la mujer mirando hacia otro lado de la habitación, mientras terminaba de quitarle la ropa a Gustavo.

—Sí, siempre que vengo a Conce. No soy de acá —respondió él algo atontado. 

—Las viejas visitas, son siempre bien recibidas — dijo mirándolo fijamente —. Puedes llamarme Verónica —agregó.

Cuando Verónica comenzó a tocar a Gustavo, este sintió el mismo placer que hace años y recordó el porqué le gustaba tanto volver al Portón. Ninguna mujer de ningún otro lugar se equiparaba a las de ahí. Se decía que te hacían olvidar todo y solo pensar en ellas, aunque fuera sólo por un rato. 

Cuando ya estaba extasiado, ella seguía recorriendo su cuerpo de manera perfecta como si él mismo le hubiese explicado cómo hacerlo. Siguió así por horas, se sentía cansado casi fatigado, pero quería más. El sol empezó a abandonarlos, el frío dentro de la casa se hacía más evidente, pero ella continuaba entregando su cuerpo sin dejo alguno. 

Sin previo aviso, Verónica tomó con fuerza los brazos de su víctima, abrió la boca y la cerró de un solo mordisco arrancándole la mitad de la oreja. Gustavo gritó despavorido, intentó empujarla pero no tenía fuerzas, él estaba agotado y ella parecía inamovible. Verónica exhaló fuerte y esbozó una sonrisa frente a los gritos. 

Entró por la puerta Rocío, una de las mujeres que lo había recibido al llegar.

—¡Ayúdame, ayúdame! ¡Por favor, ayúdame! ¡Se volvió loca! ¡Mi oreja weón, mi oreja! —gritó, en completo pánico, mirando directo a los ojos de Rocío con ojos desesperados y con lágrimas asomándose.  

—Amárralo y llévatelo para abajo, no tiene fuerza ya, así que no te va a molestar —dijo Verónica. 

Rocío le amarró las manos a la espalda, Gustavo intentó resistirse, pero su cuerpo no respondía. Ella lo tomó y lo llevó por la fuerza, él gritaba desesperado al pasar por los pasillos y puertas del primer piso, en búsqueda de ayuda, de alguien que le escuchara y pudiera socorrerle. La única respuesta que encontró fueron risas desde el otro lado de los umbrales.

Al llegar a la puerta del subterráneo, Rocío la abrió y empujó a Gustavo por las escaleras. “¿Pa’ que chucha me vine a meter aquí? ¿Qué mierda está pasando?” se preguntaba Gustavo para sí mismo, sólo pensaba en volver a su casa. 

Al llegar al piso intentó incorporarse, pero no lo logró. Rocío lo levantó se rió en su cara y le obligó a caminar pasando por distintas puertas y pasillos. Cada puerta que pasaban tenía un ambiente más frío que el anterior. 

Al finalizar el recorrido, llegaron a la habitación más helada de la casa, un gran congelador que las ávidas mujeres usaban para mantención del producto. Rocío prendió la luz, tomó un enorme cuchillo entre sus manos y cortó las amarras de Gustavo, quién gritó despavorido al observar el panorama, intentó incorporarse para huir y ella no dudó en cortarle dos dedos de un solo cuchillazo, lo cual fue suficiente para que él volviera a quedarse quieto mientras gritaba de dolor. 

La sala tenía varios ganchos que colgaban del techo, tres de ellos con hombres colgados por la cervical, ya congelados; a uno le faltaba la mitad del cuerpo, a otro una pierna y el tercero tenía carcomido todo el pecho. Rocío bajó uno de los ganchos y comenzó a prepararlo 

—No he hecho nada ¡Por favor déjame ir! No le voy a decir a nadie, solo quiero volver a mi casa, solo quiero volver a mi casa —le suplicaba Gustavo a gritos de llanto.

Mientras arreglaba el gancho, se comía uno de los dedos recién cortados, se distinguía entre sus dientes el crujido y la gomosidad de tal aperitivo. Gustavo sin pensarlo mucho, intentó ponerse de pie y correr, pero sus piernas no respondían. Comenzó a arrastrarse lo más silenciosamente que pudo, logró avanzar por el pasillo y ponerse de pie. No podía ver nada, pero creía saber por dónde habían llegado e intentaba mirar hacia atrás por si veía a la mujer asomarse por la puerta iluminada. Su respiración agitada, el pecho apretado, el dolor en sus dedos y el palpitar de su oreja parecían hacer de todo esto una terrible pesadilla. Al pasar una de las puertas comenzó a sentir menos frío y un pequeño alivio, chocó con algo blando y húmedo, el piso también estaba húmedo y pegajoso, alguien encendió la luz. 

Aquello con lo que había chocado era un hombre, con piernas y brazos comidas, amarrado con cadenas desde el torso, con sangre chorreante desde todas sus extremidades, Rocío se acercó, mordió su cuello y el hombre en cuestión despertó, entre borbotones de sangre que salían por su garganta miró a Gustavo y susurró antes de volver a desmayarse:

—No… te…resistas 

Rocío rió y miró fijamente a Gustavo, tomó su cuchillo y con fuerza le rebanó uno de sus gemelos en dos.

—Ahora sí que no te podrás escapar de nuevo — dijo, tomando a Gustavo por su pierna.

Rocío le arrastró dejando su cara contra el suelo, su propia sangre chorreada por el piso le hacia un camino que le resbalaba hasta el rostro. Llegaron nuevamente al congelador, la mujer le tomó de ambos hombros y sin dudarlo, le atravesó la cervical con el gancho, le subió y le dejó ahí colgado junto a los demás. 

Se retiró para preparar pronto la casa. Tenían que recibir al próximo cliente.


Ilustración: Monda

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