La Luna Mentirosa

 

Por Mariano Avello Henríquez (Fingrar)

La gigantesca bola de piedra que colgaba sobre el firmamento abrió los ojos y sonrió.

Shaka, que en ese momento miraba hacia el cielo, dio un respingo y soltó el montón de papeles que llevaba entre los brazos.

—Nunca había visto a nadie asustarse de la luna—gorjeó Tamud, inclinándose a recoger los papeles—Bueno, en realidad sí. Pero fue hace años. Traté de convencerlo de que no era la luna sino una lámpara enorme. Nunca más hubo de esas lámparas en Palacio. Qué lástima.

Shaka cuadró las hojas en su carpeta y carraspeó.

—Esa no es la Luna.

Ambos miraron al cielo. Las estrellas colgaban de hilos plateados, mientras uno que otro cometa se inmolaba con un grito silencioso al tocar la atmósfera. Y ocupándolo todo, la Luna que no era la luna miraba todo con ojos gigantescos.

—Claro que es la Luna—insistió Tamud. —Verás; el que brilla durante el día es el Sol. Al menos, durante la mayor parte del año. Antes había otro astro, el Tol, pero no servía mucho para escribir, porque la luz era azul, y hacía doler los ojos…

Shaka bufó y siguió caminando rumbo al palacio. En el corto transcurso de dos días, el mundo se había vuelto loco; la guerra había estallado en el sur y la paz, en el norte, ambas peligrosas para el reino: mientras que la guerra traía consigo la violencia propia de un conflicto, la paz traía prosperidad y esperanzas.

Justo lo que el rey había intentado erradicar.

—Amanuense Shakalid—Dijo el guardia detrás de las incontables capas de cuero y metal rojo que le cubrían el rostro. —El rey os esperaba hace media campanada.

—Le envié una carta— replicó Shaka— en la que especificaba expresamente que la nueva Luna había adelantado todas las campanas, así que en teoría estoy a la hora.

El guardia se rascó el yelmo y dejó la lanza a un lado.

El salón estaba repleto de los más extravagantes personajes cortesanos. Shaka tomó el brazo de Tamud, y juntos caminaron en medio de la marea de sedas, incensarios, cojines y manos tapizadas de anillos y joyas.

El rey estaba echado sobre su silla, gelatinoso y magistral. La larga barba le colgaba por los escalones y entre las ramificaciones aguardaban vigorosos platillos suculentos. El soberano levantó su regordeta mano al ver acercarse a Shaka.

—Amanuense—jadeó—Espero que esta reunión—sorbió los mocos—sea más importante que aquella vez en la que insististe que…parásitos monárquicos habían tomado posesión de algunos de mis nobles.

—Parásitos monárquicos sí tomaron el control de algunos de sus nobles, señor.

La criatura con cabeza de mosca a la derecha del rey se removió incómoda, algo de rubor apareció en sus mejillas y se obligó a dejar la bola pestilente que estaba comiendo con su boca de tubo.

— ¡Bah! —Exclamó el rey, dándole una mirada a la criatura—Me agrada más el nuevo duque Dabi que el antiguo duque Dabi. El otro salía demasiado caro.

La criatura asintió y siguió deglutiendo su bola de estiércol.

Shaka puso los ojos en blanco.

—Mi señor, este asunto es importante. —Shaka sacó algunos de los papeles de su carpeta y comenzó a leer. El rey no disimuló su cara de aburrimiento— Desde hace tres noches que los cambialobos aúllan durante el día, en estado humano. Corre entre ellos el rumor de que la luna ya no les permitirá cambiarse a lobos. La crisis de identidad es inminente.

El rey agitó una mano en el aire.

 —No me parece relevante—murmuró, cogiendo un platillo de su barba y sorbeteando los largos fideos.

—Es sabido—continuó Shaka—que los cambialobos son enemigos declarados de los arlequines vampíricos, quienes, sin tener con quién luchar, han comenzado a atacar el ganado. Hasta la fecha, hay más de veinticinco casos de vacas-vampiro, y sumando.

Shaka miró al duque Dabi y enarcó una ceja:

—El excremento de vaca-vampiro es altamente tóxico para cualquiera.

El duque Dabi dio un salto en su silla y puso una de sus quitinosas manos en su pecho. Luego miró al rey, suplicante.

—Las vacas-vampiro—Siguió Shaka—además de ser un peligro para todos, han generado oleadas de cazadores que se internan en el Bosque Granero, molestando a los duendes cocineros, quienes por décadas se han comprometido a entregar el grano sin ser vistos. Mi señor, de paso, es necesario recordarle sobre las políticas ineficientes de alfabetización, ya que gran parte de los cazadores confunden a las vacas-vampiro con los búfalos-cocinero, principal medio de sustento para los duendes ya mencionados. Muchos búfalos llevan carteles colgando del cuello, pero gran parte de los campesinos no sabe leer…y bueno.

Hubo un silencio en el salón, durante el cual solo se escuchó la pesada respiración del rey.

—Está bien, la solución es sencilla. ¡Guardias! ¡Exterminen a los cambialobos!

Un nuevo clamor inundó la sala, pero Shaka solo se palmeó la frente.

— ¡Ese no es el principal problema, señor!

Una oleada de insultos y abucheos secundó las palabras de Shaka.

— ¿Entonces?

—Es la Luna. Esa cosa que flota en el cielo no es la Luna, es una copia de nuestra luna.

El rey contuvo la risa un rato y luego estalló en una carcajada. Toda la corte lo imitó, incluyendo a Tamud.

—Amanuense Shakalid, creo que respirar mucho polvo le ha fundido el cerebro. Quizá, sería bueno que limpiara su biblioteca. Puedo designarle algunos sirvientes, si lo desea.

Shaka frunció el ceño.

—Mi señor, le suplico que por favor abra el tejado del observatorio del palacio y compruebe usted mismo mis palabras.

Un nuevo murmullo hizo ecos en el palacio. Las cortesanas ocultaban sus rostros tras inmensos abanicos y los cortesanos ocultaban sus copas de vino bajo los inmensos bigotes.

— ¡Guardias, abrid el techo del observatorio!

Un montón de soldados, rojos como camarones hervidos en sus armaduras, subieron corriendo las escaleras del palacio y se posicionaron en la válvula que pendía sobre el trono mismo del rey. Luego de accionar un par de mecanismos, el inmenso párpado metálico comenzó a abrirse con un chillido.

La luna ya los estaba mirando cuando la puerta se abrió.

Su rostro mostraba una sonrisa sardónica, contorsionada por múltiples arrugas pétreas. Los ojos saltones, imbuidos de una negrura anormal pendían sobre la corte como dos pozos de oscuridad.

—Luce como una luna normal para mí—sentenció el rey y toda la corte asintió de acuerdo.

—La Luna no tiene rostro, mi señor.

—El Tol tenía—murmuró Tamud. Shaka lo fulminó con la mirada.

—Eso que está allá arriba—siguió Shaka—No es la Luna; es un Copiastro. Una Luna Mentirosa. Es un tipo de ente que se aferra al cuerpo celestial y lo invade con sus propios fines, usualmente malévolos.

— ¿Parásitos otra vez, Shakalid? —El rey cambió el peso de su enorme cuerpo y se acodó con el brazo contrario—Tu sueldo nace de los impuestos de los fieles, espero que hagas algo mejor con él: catalogar el ganado, hacer encuestas de qué tan popular soy, sintetizar importaciones y exportaciones…

—Es lo que he hecho: —masculló Shaka—Vacas-vampiro. No eres popular. Importamos refugiados de guerra y exportamos soldados, normalmente en el mismo lote. No podemos hacer la vista gorda con la Luna Mentirosa; ¡el mundo estará dominado por parásitos peores que los monárquicos, que después de todo, solo infectan a la nobleza baja!

El duque Dabi se puso en pie y se retiró, ofendido.

—No estoy convencido—murmuró el rey, esparciéndose un poco más sobre la silla— ¡Guardias! ¡Traed a ese sacerdote lunar! Él debe poner fin a este sinsentido.

Shaka esperó con los brazos cruzados mientras un hombrecillo, paliducho, vestido con una gran túnica gris entró a tropezones escoltado por los guardias. Era calvo como la luna misma y de su rostro surgían cráteres mal cuidados de alguna enfermedad infecciosa. En su pecho estaba zurcido un emblema con la luna en todas sus fases.

—Mi señor—dijo, tiritando. Tenía realmente mal aspecto.

—Mi amanuense dice que la Luna que pende sobre el cielo—El rey apuntó hacia arriba y la Luna ensanchó su horrible sonrisa—no es la Luna que corresponde a cada noche. Si esto es cierto ¿podrías decirme, sacerdote, qué le ha pasado a tu Dios? ¿Es cierto lo que dice Shakalid?

El sacerdote tosió un largo rato y terminó escupiendo una masa viscosa en su manga. Carraspeó.

—La Luna ha sufrido últimamente, un extraño cambio. Todos los sacerdotes lunares nos hemos visto afectados por el cambio en cuestión y los cambialobos han empezado a aullar durante el día y…

—Ya sé lo de los cambialobos, prosigue.

—…La situación pinta muy m…—Un súbito crujido nació del monje y lo hizo doblarse por la mitad. Una luz macilenta vibró en su rostro y se extendió como un aura enfermiza a varios metros de distancia. El monje se elevó del piso unos centímetros y las formas bajo su túnica mutaron. Apéndices salieron desde sus mangas mientras un grito en baja frecuencia inundaba los recovecos del palacio.

El monje volvió al piso, se recompuso y miró al rey con una nueva sonrisa. Shaka notó que la expresión era idéntica a la de la Luna Mentirosa.

—La situación pinta muy bien, mi señor—dijo el monje sin dejar de mostrar los dientes—Es más, nunca había estado mejor. Creo que, gracias a los nuevos cambios experimentados en la planta monacal, todas las remuneraciones recaerán sobre mí, y eso significa más impuestos para el reino— El monje se volvió violentamente hacia Shaka, con el rostro mutado completamente—Creo que es hora de que cambies al amanuense, mi señor. Creo que esta está un poco loca.

El rey agitó una mano en el aire y apuntó a Shaka.

— ¡Guardias! ¡Llevaos a Shakalid! Este monje me da buena espina.

Shaka miró de reojo el cielo segundos antes de que los guardias se la llevaran.

Una carcajada grave y oscura vino del cielo y rebotó en el mundo.

 

shaka

Ilustración por NicoNeko

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