Ojos Púrpura

 

Por Juan Pablo Bascur (Ilundil)

La mazmorra ya no se limitaba al subterráneo. Una atmósfera taciturna y lúgubre había cubierto el castillo, e incluso se sentía en los campos de cultivo cercanos: los árboles frutales se tambaleaban con el viento, secos y raquíticos, algunos semejaban manos desnutridas implorando misericordia al cielo gris que se mofaba de su pesar.

Hyacint despertó tarde. El bullicio del pueblo indicaba que la hora de almuerzo había pasado y que el alboroto del atardecer ya comenzaba. No comprendía cómo los inmundos plebeyos lograban hacer tanto ruido en una situación tan siniestra: el pueblo no veía la luz directa del sol hace años, hace muchas temporadas que las cosechas no daban abasto y el clima no mostraba clemencia alguna. Se desperezó lentamente, sabiendo que no tenía un motivo para salir de la cama. Las nubes volverían a dominar el día.

Por eso prefería las noches.

Hace días que ni siquiera las relaciones sexuales le satisfacían. No importaba el sexo ni la cantidad de sus acompañantes, simplemente ya no la llenaban. Sus compañeros de noche no le ofrecían ningún placer novedoso y eso le generaba una preocupación a la que no estaba acostumbrada. No encontraba normal quedar con ansias físicas, pero lo atribuía a una falta de experiencias innovadoras. No sabía si culparse a sí misma o al resto, pero no soportaba admitir una insuficiencia personal, y sentía que no valía la pena pensar al respecto. Ya encontraría algo; ella resolvía sus propios problemas.

Se sentó sin ganas en la cama, estirándose lentamente, llevándose una mano al pelo, para terminar masajeándose el cuello con ambas manos. Bostezó mientras ponía los pies en el suelo, el tacto frío le hizo mirar hacia abajo. Le llamó la atención un pequeño corte enrojecido en su empeine derecho, no recordaba habérselo hecho. Antes de poder intentar recordar la noche anterior, el corte se abrió y la miró.

Un ojo púrpura la miraba. Desde su pie. Se sobresaltó tanto que ni siquiera gritó. Pateo fuerte para intentar quitárselo, pero solo logró que el ojo la mirara con… ¿desdén?

Se llevó una rodilla al pecho, para observar más de cerca su pie. El ojo le devolvió una mirada de menosprecio, ese lo-que-fuera tenía conciencia. Acercó su índice lentamente al ojo, que miró un segundo al dedo y volvió a mirarla directamente.

No se inmutó al ser tocado, pero Hyacint retiró el dedo en el acto. Tenía la consistencia viscosa que parecía tener, lo que no calmó para nada a la joven. Eso en su pie era un ojo. Un ojo que no le pertenecía a ella. Un ojo que la miraba detenidamente sin pudor alguno. Quizás se hubiese sentido vulnerada si no fuese por la profunda repulsión que la dominaba.

Se tapó el empeine con una mano, con lo que el ojo se cerró y volvió a tomar la forma de un pequeño corte carmín. Sacó la mano y el ojo volvió a mirarla.

Hyacint buscó una venda en su habitación y se cubrió el pie. Respiró hondo, intentando calmarse, pero generó el efecto adverso. Volvió a sentir en su dedo la textura viscosa del ojo y le dieron nauseas. Corrió a su lavabo personal, y luego de dos arcadas violentas, vomitó.  Que hubiese tomado la situación mucho mejor de lo que podría esperarse no significaba que no estuviese perturbada en exceso.

No le encontraba otra respuesta, había escuchado de enfermedades venéreas contagiosas, pero esto era ridículo. Se limpió la boca, tomó un sorbo de agua y logró componerse un poco. Miró la venda en su pie y se le aceleró el pulso. Quería volver a la cama, dormir y olvidarse de todo, pero estaba claro que el ojo no se iría solo. Al contrario de todo lo que pudieran pensar, Hyacint no era una muchacha pedante y cómoda. Era pedante, por supuesto que sí, pero justamente porque se enorgullecía de sus capacidades. Ese ojo no disfrutaría mucho su estancia en ella.

O eso era lo que quería creer.

El castillo estaba más desolado que de costumbre, sin embargo el bullicio del pueblo le daba una sensación de compañía. Nunca había imaginado una situación donde los apreciaría tanto. Llegó a la planta baja sin encontrarse con un alma. Seguramente era día de fiesta, pensó.

La gran puerta de madera que daba al subterráneo estaba entreabierta. Hyacint se asomó, la escalerilla de piedra bajaba en espiral hasta una negrura total. Inspiró hondo por la boca, nunca le había gustado bajar a las mazmorras, la oscuridad y el olor a encierro la asqueaban, pero el rey había mandado a guardar algunos libros “no permitidos” en el lugar más húmedo y menos accesible del castillo.  Hyacint sabía perfectamente que estaban ahí para enmohecerse y arruinarse de a poco.

Al final de la escalera, antorcha en mano, la muchacha siguió el corredor principal y dobló hacia la izquierda en el primer cruce. Hacia el otro lado estaban las mazmorras, y no quería verse en la necesidad de explicarle su visita a algún guardia, más por desagrado que por inconveniencia.

La biblioteca improvisada era una habitación sin terminaciones; dos paredes eran de tierra con unas cuantas vigas de madera. Desperdigadas por el lugar se encontraban herramientas de construcción y excavación, además de algunos utensilios de aseo; nadie pensaría buscar tomos oscuros en ese cuchitril. Pero en una esquina, un baúl roñoso escondía lo que su padre consideraba lecturas blasfemas. Al abrirlo, un chillido inundó la pequeña sala. Hyacint se paralizó, mientras un bulto negro salía despedido del baúl, cruzaba la sala y escapaba. El fuerte olor de orina que salió del arca le confirmo que acababa de asustar a una rata, tanto como la alimaña la había asustado a ella. La joven maldijo y se rio, intentando controlar los nervios.

El libro que estaba buscando estaba roído  en una punta, pero al menos no parecía estar meado. Acercó la antorcha para inspeccionarlo mejor y asegurar que aún era legible, pero al hacerlo, un brillo en la pared le llamó la atención. Un ojo púrpura, igual al de su pie, pero del porte de una cabeza la miraba directamente. Tomó la antorcha con ambas manos y la acercó a su pecho, botando el libro en el movimiento. La respiración se le entrecortó, perdió el control y cerró fuertemente los ojos.

Perdió la noción del tiempo. Imaginaba como miles de ojos la miraban con disgusto y desprecio, como algunas veces lo hicieron en el pueblo. Esos ojos discriminantes, como si ella fuese despreciable, una perversión. Una piedra le había pasado rozando la cara la última vez, luego de eso fue incapaz de salir del castillo.

El calor de la antorcha en la nuca la hizo volver en sí.

Abrió los ojos. La pared no tenía nada extraño. Miró hacia todos lados.

Nada.

Una mala pasada de los nervios, pensó. Se enojó consigo misma y recogió el libro. Decidió llevárselo para leerlo en su cama, luego de esa indigna escena poco le importaba que la pillasen con un tomo oscuro en su habitación. Ella era respetada y nadie podía decirle que hacer, menos los sirvientes del castillo.

Subió apresurada la escalera en espiral, dejó la antorcha en el soporte del descanso superior y cerró la puerta de madera. Un criado iba pasando por el otro lado del vestíbulo y Hyacint lo miró, desafiante. El criado no tenía rostro. Un ojo púrpura le ocupaba toda la cara. El hombre le ofreció una reverencia, que aprovechó la joven para correr hacia la escalinata que daba a su cuarto, con pánico en sus ojos. Al llegar, intentó cerrar la puerta con llave, pero tiritaba tanto que le costó varios intentos conseguirlo. Se sentó en su escritorio y comenzó a pasar las páginas del libro, cada vez más rápido. Grotescas imágenes de trastornos oscuros aparecían en cada página, explicando sus causas, síntomas y posibles remedios.

Al llegar casi al final del tomo, se encontró con un ojo púrpura abierto como plato. Alejó las manos del libro y ahogó un grito. Un escalofrío le recorrió la espalda. Un dibujo bastante realista del ojo púrpura ocupaba media página, y bajo este, una descripción de la aflicción.

No podía creerlo. Eran ellos. Siempre fueron ellos.

Los malditos plebeyos y su envidia la estaban volviendo loca. La pobreza y mediocridad de esos pobres incapaces la estaban matando, literalmente. Cerró los puños. Esto no podía quedarse así.

Intentó salir de su habitación, pero no pudo girar la llave. Tiritaba demasiado. Gritó y pateo la puerta. Corrió a la ventana que daba al pueblo y los miró. Allá abajo, tan satisfechos con ellos mismos, alegres en su estupidez, todos iguales. Conformándose en sus vidas regidas por el orden y lo correcto, sometidos a las opiniones ajenas.

Sacó la mitad de su cuerpo por la ventana y comenzó a gritarles todo lo que se merecían. Egoístas imbéciles. No merecían vivir tan cerca de ella. No merecían poder ir y venir como gustaran. No merecían ser libres. No merecían todo lo que ella no podía tener.

Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Lágrimas de rabia, de pena, de desesperación. Intentó enjugárselas con una mano, pero las piernas le fallaron y resbaló. Mientras caía, vio como las nubes se abrían a lo lejos, dando paso a un ojo púrpura gigante en el cielo. El gran ojo se encargaría de castigarlos a todos. A todos y a cada uno de ustedes.

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Ilustración por Niconeko

 

 

 

 

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