El Destino de los Dioses.

Por Alvaro Cea Marín.

— ¿Y si elijo como destino la muerte?

La voz hizo ecos en el pasillo.

— Qué sencillo sería en dicho caso, para no afrontar tanto drama y pesar. No es que ya no lo soporte mi mente, aunque solo penda de un hilo, pero este ensañamiento con mi cuerpo; ¡Vamos ya estoy lo suficientemente magullado y desaliñado como para que quien alguna vez me conoció sepa ahora a quien le pertenece esta imagen!

No era más que la sombra de un típico mercenario, más acostumbrado a asaltar caminos y robar a ebrios en callejones que a prestar sus armas por un precio relativamente justo.

—Tú sigue y deja que quejarte — decía la voz en su cabeza, una voz perteneciente a una deidad caprichosa e impaciente — Te advertí que había un espacio demasiado grande para saltarlo. Pero tú te crees con alas de pato que saltas como si fueras yo.

Nadaes era su nombre. Tenía el cabello oscuro, ojos pardos, y la piel bronceada por los soles de muchos veranos a la intemperie. Su nariz era aguileña y su sonrisa daba a su rostro un atractivo peligroso, aunque a su vez denotaba sus maliciosas intenciones. A pesar de no ser un hombre cruel, no era alguien de quien un desconocido debiese confiarse, ni mucho menos una mujer que a sus ojos pareciera atractiva.

—Pues bien, se supone que cruzo este último pasillo, cojo el, esa… bueno lo que sea esa cosa que necesites y la llevo a tu templo, ¿No es así?

—Así es —contesto la voz— ¿Por qué? ¿Piensas echar vuelta atrás? Nada de bromas. Ya fue lo suficientemente apático aceptar que fueras mi adalid, aceptar tus errores en el camino, y aceptar para mi orgullo tu falta de reverencia.

— ¡¿Quéee?! Eres el dios de la hipocresía, el robo, la mentira y el ultraje, y ¡¿Ahora te haces el venerable?!

— Pues claro que lo soy, o sea, lo soy en parte. Además el que sea un Dios no me hace un ser carente de placeres y algún que otro capricho: en mi haber disfruto bastante de las trivialidades. Si he de ser Dios de aquellos que no limitan sus deseos y su diversión, no hay razón para no entenderlo en propia piel, por decirlo de algún modo. Todo aquello son cosas por lo que destacas… A todo esto ¿Por qué no me recuerdas el significado de tu nombre otra vez? Lo olvido frecuencia.

—Jaaaaa, como si realmente lo olvidaras, creo que lo olvidas de la misma forma que los míos olvidamos nuestras ofrendas para ti, pero supongo que esta será una de las últimas veces que hablaremos. — Nadaes chasqueó la lengua— Es porque mi padre siempre decía que de mí y los suyos no saldría nada especial, así que decidió abreviarlo y llamar así a su hijo para no olvidarlo.

»Nadaes.

—Qué lastima que solo puedes oír mi voz en estos momentos, habría disfrutado mucho más que vieras mi sonrisa mientras lo repetías por enésima vez, pero digamos que somos amigos, y no te molestes, así que termina el pasillo y coge el kinicalikocuak.

— ¿El qué? — pregunto Nadaes.

—Ya sabes cómo se llama — respondió la deidad.

—Dilo o no lo hare—recriminó Nadaes.

— Kinicalikocuak— respondió el Dios con voz malhumorada.

— ¿Sabes? —Siguió Nadaes entre risas — Quizás no veo tu sonrisa, pero sí sé que puedes ver la mía. Para ser tan poderosos ustedes los dioses, son bastante inútiles a mi parecer. Aunque solo espero  que cumplas tu promesa; entregar fortuna y buena vida a un ladrón y mercenario, no debe ser tan difícil para el Dios de todo lo que está mal.

— Tu solo sigue y termina.

—Aunque deseo hablar un poco más, tomar algo de tiempo, asegurarme que de aquí todo se cumplirá como espero—Insistió el pícaro, mientras buscaba de forma irreal sentirse seguro frente aquel ser que jamás había visto y que tan oscuro le parecía.

— ¿De que deseas hablar?

— A lo largo del camino pude haber tomado muchas otras decisiones, pero ¿Cómo sé que mi destino no puede ser otro?

—El destino es inamovible, ni yo ni los míos, a quienes ustedes llaman Dioses estamos exentos de su dominio, y podemos usarlo, aceptarlo o luchar contra él. Pero nunca cambiarlo, y aun si buscases la muerte como el freno al final o el desvío del camino designado, no harías más que postergar lo inevitable.

— ¿Cómo sabes esto? Eres un dios, pero ¿eres eterno? Sabes todo y dónde termina, sé que no eres omnipotente, pero en el camino has hecho cosas aun sin estar cerca, que me han dejado extrañado, cuanto menos.

—No soy eterno, tengo un principio, no sé mi final, pero sí hay un destino como te he dicho debo tenerlo. Esa es una verdad entre los míos, y buscarlo es nuestro deber.

—Y ¿Qué hay de tu promesa? Debes cumplirla… Supongo.

—Cada paso que has dado ha sido bajo instrucciones, si hubieses muerto en el camino hubieses tenido que hacerlo por otro rumbo. Si deseas aceptar que la muerte no es más que un cambio entre diferentes planos existenciales, y que estos son infinitos como el tiempo mismo es decisión tuya; cada realidad nos llevara cerca de esta instancia una y otra vez como antes te dije.

»Ya he vivido esto contigo anteriormente, solo que en tu capacidad limitada, como ser mortal, como tu mente al igual que tu vida es tan efímera, no logras recordar ni reconocer las anteriores realidades. Si coges esta cosa, te aseguro que te daré lo que deseas.

—Vivir y aprender más de lo que me es naturalmente permitido, ¿Verdad?

—Tanto como pueda concedértelo. Tu destino está atado al mío, y mientras no encuentre mi fin así también lo harás tú. Pero ten por seguro que mi objetivo es buscar mi fin y saber si puedo morir. El coger el Kinicalikocuak, no es más que el comienzo, aún queda mucho por hacer, y tú vivirás todo este tiempo. Pero si no me ayudas, morirás de viejo en lo que para mí solo es un suspiro del tiempo.

Nadaes tardó varios minutos en tomar su decisión final, sabía que prefería morir en tantos años que no tendría números para contarlos, pero no sabía si coger el Kinicalikocuak, ya que al hacerlo aceptaba la existencia de un final para sí mismo en un tiempo indefinido, que en el fondo si era aceptar la muerte.

¿Y qué pasaría si al tomar el Kinicalikocuak se cumplía realmente el final del Dios y con ello su muerte en ese mismo instante? Tal vez solo era una mentira del Dios, o si solo era una mentira dicha por el Dios para hacer el trabajo más simple. Era su naturaleza dudar y creer ser engañado. Como esa tenía infinitas dudas y suposiciones.

Aunque, ¿Qué más podía hacer? Solo podía enfrentar un destino que no le daba chances de elegir más allá de la muerte o repetir una existencia de la cual solo tenía suposiciones según lo dicho por el Dios.

Alzó su mirada y levantó su cuerpo de la fría roca que cubría el suelo.

Tomando el Kinicalikocuak en sus manos dijo:

—Supongo que mi padre apenas podría haber soñado con esto.

Ilustración por Mariano Fingrar Avello.
Ilustración por Mariano Fingrar Avello.

 

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