El Ogro

¡Saludos Amigos de la Frontera! Nos enorgullecemos de anunciar el primer cuento en nuestra sección de Relatos de la Frontera, y, cómo no; se trata nada más y nada menos que del relato ganador de la XIII Jornada de Literatura Fantástica.

Sin más dilación, ¡que comience el espectáculo!

XIIIJornada

El Ogro.

Por Juan José Pradenas Rogazy.

 

“El ogro (a menudo confundido con trols, gigantes o rocas particularmente grandes) es uno de los seres más despreciables que aún habitan el mundo civilizado. Sin duda creados por los dioses para probar el valor de los caballeros defensores de la fe. Estos monstruos impíos son fácilmente reconocibles por su tamaño descomunal; llegando a alcanzar alturas de más de dos caballos de largo (hasta ahora ha sido imposible medir un espécimen de pie). Dotado de un intelecto pérfido y simplón, el ogro es incapaz de realizar acciones que contribuyan al avance de la civilización; muy por el contrario, actúa exclusivamente en detrimento de ésta, estableciendo su morada alrededor de construcciones arrebatadas a sus legítimos dueños—sean estas puentes, torres, o túneles. Irrisoriamente, muchos aldeanos confunden al ogro con el cíclope, aun, cuando uno posee el doble de ojos que el otro. Cualquier estudioso del tema sabe también de las diferencias en la dieta de ambos; mientras el cíclope prefiere sobre todo pastores y marineros, el ogro posee un apetito particular por los agricultores, posiblemente por el gusto a tubérculos y verduras que su carne debe aportar al caldo.”

Extracto de Bestiario, por el
Profesor Erdolf Willard.

 

La princesa perdió el hilo de la narración cuando una repentina brisa agitó las páginas del libro y una nube cubrió el sol. Temiendo una tormenta, se levantó con cuidado del mantel que había tendido en medio del campo, lista para regresar al castillo. Tras recoger cesta, mantel y libro, la princesa dio la vuelta y se encontró cara a cara con una enorme roca.

Y la roca le devolvió la mirada.

La princesa alcanzó a soltar un grito antes de que el monstruo la alzara con una mano para examinarla con curiosidad. Dos ojos (el doble que un cíclope, pensó), muy pequeños y muy juntos, la observaban por debajo de una ceja que se vería mejor como parte de un mapa que en medio de una cara. Unos cuantos mechones de pelo sucio y verde caían desde encima de las orejas y enmarcaban un rostro muy parecido a los garabatos que su hermano pequeño trazaba en las paredes con un pedazo de carbón.

O a una papa.

Tras examinarla unos momentos con esos ojitos diminutos, el ogro (porque no es un trol, ni un gigante, ni una roca particularmente grande, pensó ella, que sabía de estas cosas, porque leía) dio media vuelta y comenzó a caminar, princesa en mano, alejándolos del castillo. Y por más que gritó, pateó, lloró y chilló, el ogro no dejó de zarandearla en todo el viaje.

Horas más tarde, cuando ya llegaban a la costa, la princesa distinguió una solitaria torre que aún se aferraba a los riscos azotados por las olas. Si bien, el resto de la fortaleza estaba en ruinas, la torre de dos pisos se conservaba en excelentes condiciones; su ubicación privilegiada a orillas del mar y ligeramente elevada sobre el resto del terreno, evidentemente le otorgaba un valor especial como refugio veraniego. La princesa se preguntaba cuánto habría pagado el ogro por ella, cuando la criatura estirando el brazo, la metió con cuidado por una de las ventanas.

LogoRedondo
1° Lugar XIII Jornadas de Literatura Fantástica.

Al mirar a su alrededor, la princesa soltó una exhalación de sorpresa: se encontraba en medio de una habitación circular cuyas paredes a excepción de dos ventanas (una hacia el oriente, otra hacia el poniente) estaban completamente cubiertas de libros. Bueno; casi completamente, pues uno de los estantes presentaba un espacio vacío con una forma curiosamente similar a la de una mano gigante. Al acercarse a examinarla la princesa resbaló con una de las hojas de los libros destruidos que cubrían el suelo y vio que se trataba de una ilustración. A su alrededor había muchas otras, todas ordenadas en una cuadrícula cerca de la ventana. Cuando retiró el pie, el ogro metió la mano y enderezó la hoja con un dedo.

La princesa lo miró con curiosidad. Con movimientos lentos se acercó a la ventana. El monstruo dio un paso atrás, gruñó con suavidad e hizo un gesto con la cabeza hacia las paredes de la torre. Sin dejar de mirarlo, la princesa retrocedió y acercó la mano tentativamente a uno de los libros. Los ojos de la criatura brillaron y gruñó una vez más. La princesa tomó el libro, lo abrió en la primera página y comenzó a leer:

La pesca de la trucha escarlata ha sido, desde siempre, un deporte de reyes. Ya lo practicaban los primeros nobles de la región mucho antes que…

La bestia gruñó una vez más mientras se sentaba junto a la torre, provocando un ligero temblor que botó un par de libros de sus estantes y mandó a volar a unas cuantas gaviotas. Y de no haber sabido que era imposible (por tratarse de un ser impío y desalmado), la princesa habría jurado que el monstruo sonreía.

O, al menos, lo intentaba.

Extracto de El Monstruo Letrado, Capítulo I:
Sobre cómo aprendí a leer, por Ogg el Ogro.

El Ogro, por Mariano Fingrar Avello.

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